Sociedad Terminal. (III-2) La estrategia perfecta y sus efectos
de Las Clases Medias
Javier Benegas
3.- La estrategia perfecta y sus efectos
Desde que el marketing político fue introducido en la vida social española con bastante éxito por parte de un partido político concreto, han ido sumándose canales y medios a la difusión de determinados modelos sociales. El secreto de este sistema de implantación de modelos, que emana desde una estrategia partidista determinada hasta penetrar e imponerse en múltiples canales de comunicación a priori no relacionados, es muy sencillo: consiste en reducir una ideología política a la categoría de producto de gran consumo, y, de ahí, elevarla al nivel de tendencia o moda, usando para ello todos los canales de comunicación disponibles.
Esa es la clave del éxito para su implantación cultural. Lo que empieza siendo una serie de consignas y mensajes desde una sede política determinada, puede derivar en tendencia social y moda si se realiza la correcta codificación de los mensajes y signos estéticos, si estos se difunden masivamente a través de los canales disponibles y si, todo ello, se hace en el orden correcto.
Al cabo de un tiempo, lo que inicialmente era una cuestión más o menos ideológica, se ha transformado en una estrategia basada en modelos sociales, los cuales son codificados mediante mensajes y signos fácilmente reproducibles y reconocibles y están perfectamente diseñados para ser impuestos a costa de los modelos sociales preexistentes. Para lograrlo, todo medio es poco y todo canal insuficiente. Hay que emplear hasta el último recurso. Primero, los medios de información afines ya existentes y los nuevos medios adjudicados mediante concesiones administrativas por el poder político, asumen como propios estos modelos, difundiéndolos mediante los personajes adecuados, con sus caracterizaciones, indumentaria, actitudes impostadas y cualquier otro recurso. Incluso, algunos periodistas de estos medios van a adoptar el look correspondiente cual uniforme de campaña, y con él desfilarán por entrevistas, programas televisivos y tertulias difundiendo los mensajes. En segundo lugar, la desbordante publicidad institucional sirve también como escenario perfecto para recrear los modelos sociales estratégicos y trasladarlos a la vida cotidiana de los ciudadanos hasta convertirlos en familiares. No importa que en tu entorno privado no te encuentres con demasiados modelos semejantes. Si están en la televisión de manera regular, se convertirán en modelos imitados y consecuentemente reales, es sólo cuestión de tiempo. En tercer lugar, entran en juego los diversos colectivos dependientes del poder político en cuestión, que, casi al unísono, van a adoptar uno tras otro como propios los rasgos diferenciadores del modelo o modelos al uso para ayudar a su difusión. Aunque no muy numerosos en afiliados, estos colectivos van a disfrutar del respaldo económico y mediático necesario en cualquier acto o evento para magnificar su dimensión social y su impacto en la opinión pública.
El llamado mundo de la cultura - la oficial, claro está -, previamente adulado y subvencionado por el poder político, además de sumarse con entusiasmo a esta orgía de mensajes y signos estéticos, va a proporcionar una basta cobertura “creativa” con la que añadir un bagaje a los modelos en promoción: películas y teleseries llenas de personajes que reproducen a la perfección dichos modelos, comedias con las que ridiculizar a los modelos sociales preexistentes, canciones y letras, mitologías y mitomanías diversas, y, como colofón, solemnes declaraciones mediáticas de los más aventajados creadores que confieren a todo el conjunto una dimensión fingidamente trascendente.
Con toda esta batería escénica, poco a poco el modelo social a promocionar se va volviendo muy familiar y reconocible para el público en general. Y, para volverlo aún más seductor, se le integran, además de los signos estéticos, valores genéricos y grandilocuentes como la ecología, la modernidad, la solidaridad y la igualdad. Aunque parezca increíble, detrás de estos valores no hay un discurso complejo. Es más que probable que no exista ningún discurso por suponer una carga demasiado pesada a la hora de propagar los nuevos modelos sociales cual virus. El secreto está ante todo en la facilidad con la que pueda replicarse y propagarse el modelo. Es de máxima importancia que cualquier persona sea capaz de imitarlo sin dificultad. Si al modelo se le confiere una personalidad intelectual perfectamente desarrollada, podría ralentizar e incluso hacer fracasar su implantación masiva. Se trata de propagar un producto con rapidez y eficacia, no de incentivar debates racionales. Para dotar al modelo de cierta enjundia, ya están previstos los profesionales adecuados, que interpretarán perfectamente – o al menos eso se espera de ellos - el papel de líderes-gurús en el momento oportuno.
A estas alturas es muy posible que todo este complejo proceso parezca inverosímil cuando no inviable. Pero lamento decir que este tipo de dudas sólo podrían tener alguna consistencia en una sociedad donde el poder político estuviera controlado y limitado de forma eficaz por las instituciones oportunas y la propia sociedad civil. Y, en el caso de España, ese control resulta casi inexistente. Muy al contrario, es el poder político quien tiene carta blanca para interferir en el sector privado y someter a la sociedad civil, y de hecho lo hace constantemente - además de por la vía legislativa - mediante los presupuestos, tráfico de influencias y suplantación de valores.
Recordemos, por ejemplo, la enorme importancia estratégica de los presupuestos destinados a la publicidad institucional, y la presión creciente que se ejerce con ella en los medios de información. Hagamos memoria de cómo grupos industriales al completo se ven en la tesitura de tener que estar en línea y participar activamente en la difusión de mensajes con una clara intencionalidad política. Y sumemos un sinfín de colectivos e instituciones privadas que subsisten casi exclusivamente gracias a las dotaciones presupuestarias de la Administración. Periodistas, empresarios, artistas y un gran número de profesionales de la sociedad civil, hacen su trabajo, realizan sus negocios y, en definitiva, subsisten bajo una creciente presión política que en muchos casos se ha vuelto dependencia. Los propios sindicatos, presentes en el tejido productivo, y omnipresentes en determinados gremios profesionales vitales en el mundo de la comunicación y el espectáculo, pueden seguir existiendo gracias al dinero público. Y, por si fuera poco, reciben adicionalmente más de 160 millones de euros en dotaciones extraordinarias para realizar labores de formación profesional en exclusiva. Es más, no pocas grandes empresas, cuyo negocio se basa en productos de gran consumo, tienen que asumir servidumbres, algunas de las cuales podrían estar también relacionadas con la réplica de determinados modelos en sus campañas de publicidad a la vista de sus realizaciones. De cualquier manera, y dadas las circunstancias, es seguro que siempre es mejor agradar a la administración y hacer algún guiño de cuando en cuando que exponerse a despertar los recelos de los políticos. Nunca se sabe qué leyes pueden ser votadas mañana en el Congreso, y si tendrán un impacto negativo en nuestra actividad económica y futuros proyectos.
Lo cierto es que la omnipresencia del poder político en la sociedad civil española, vía presupuestos y tráfico de influencias, hace perfectamente posible la instrumentalización de los canales necesarios para la propagación de determinados mensajes y modelos sociales, cuya misión es la de imponerse sobre los valores y modelos sociales preexistentes. Hoy es más que posible transformar una ideología en moda, convirtiendo el modelo a promocionar en aspiracional para que pueda ser extendido con rapidez y eficacia, y sumar para ello todos los canales y recursos disponibles generando una impresionante sinergia. Es a su vez perfectamente factible lograr un segundo objetivo: desplazar al resto de modelos, sobre los que no es posible establecer la conexión directa con el mensaje oportuno, hacia zonas grises, cuando no completamente oscuras, donde quedan fuera de juego y son asociados fácilmente a valores negativos. Todo ello, en conjunto, representa un fabuloso ejercicio de ingeniería social en estado puro que no sólo es posible sino que, de hecho, se consumó ya hace algún tiempo.
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